Osvaldo Soriano
La historia política dominicana ha demostrado que no siempre existe una relación directa entre la capacidad para ganar elecciones y las condiciones para gobernar un país. La popularidad y el liderazgo electoral constituyen atributos importantes, pero no necesariamente suficientes para ejercer con éxito la Presidencia de la República.
En una democracia cada vez más exigente, el país necesita líderes que, además de conectar con la ciudadanía, posean preparación, visión estratégica, capacidad gerencial y un firme compromiso con la institucionalidad.
En ese contexto emerge la figura del doctor Guido Gómez Mazara, uno de los dirigentes con mayores posibilidades de competir por la candidatura presidencial del Partido Revolucionario Moderno (PRM). Su nombre genera opiniones diversas, pero hay un aspecto difícil de discutir: se trata de uno de los políticos con mayor formación académica e intelectual de su generación.
Abogado, politólogo, profesor universitario, escritor, comunicador y estudioso de la historia política dominicana, Guido ha construido una trayectoria caracterizada por la defensa de las ideas y el debate democrático. Su discurso suele alejarse del populismo fácil y se apoya en argumentos jurídicos, políticos e históricos, una cualidad cada vez menos frecuente en el escenario nacional.
Su paso por la Consultoría Jurídica del Poder Ejecutivo, durante la administración del presidente Hipólito Mejía, le permitió conocer de cerca el funcionamiento del Estado.
Más recientemente, al frente del Instituto Dominicano de las Telecomunicaciones (INDOTEL), ha tenido la oportunidad de demostrar capacidades gerenciales en una institución clave para la transformación digital del país, impulsando proyectos orientados a ampliar la conectividad, reducir la brecha digital y fortalecer la innovación tecnológica.
Sin embargo, la Presidencia de la República exige mucho más que una brillante hoja de vida. Requiere construir consensos, formar equipos, interpretar las aspiraciones de la mayoría de la población y convertir las ideas en políticas públicas eficaces. Ese es, probablemente, el mayor desafío que enfrenta Gómez Mazara.
La política contemporánea demanda un delicado equilibrio entre el liderazgo intelectual y la capacidad de movilización social. La ciudadanía aprecia la preparación, pero también la integración con las bases sociales. Gobernar implica escuchar, persuadir, conciliar intereses, administrar conflictos y convertir las ideas en políticas públicas que mejoren la vida de la gente. Ahí reside la verdadera prueba de cualquier aspirante presidencial.
Sin embargo, toda aspiración presidencial enfrenta una pregunta inevitable: ¿puede un liderazgo eminentemente intelectual convertirse en un liderazgo popular?
Esa es, quizás, la mayor incógnita que rodea a Guido Gómez Mazara. Nadie discute su capacidad para debatir, argumentar o analizar los problemas nacionales.
Paradójicamente, algunas de las características que le han otorgado reconocimiento también han dificultado su ascenso dentro de las estructuras tradicionales del poder. Su independencia de criterio, su disposición a cuestionar decisiones internas y su defensa de la institucionalidad lo han convertido en una voz respetada, aunque en ocasiones incómoda. En tiempos donde suele premiarse la disciplina partidaria por encima del pensamiento crítico, esa actitud tiene costos, pero también fortalece la credibilidad.
La República Dominicana necesita líderes capaces de administrar un Estado cada vez más complejo. La revolución tecnológica, la inteligencia artificial, la transición energética, la competitividad global, la seguridad ciudadana, la sostenibilidad fiscal y la calidad de la educación demandan gobernantes con visión estratégica y capacidad para anticipar el futuro.
Por eso resulta pertinente preguntarse si el país está entrando en una etapa donde el conocimiento y la preparación serán tan importantes como el carisma y la maquinaria política. Si esa evolución comienza a producirse, dirigentes como Guido Gómez Mazara podrían encontrar un espacio cada vez más amplio en la preferencia ciudadana.
Naturalmente, la última palabra la tendrán los militantes de su partido y, eventualmente, el pueblo dominicano. Pero, independientemente del desenlace político, hay un hecho que merece destacarse: Guido Gómez Mazara ha logrado posicionarse como una referencia obligada cuando se habla de pensamiento político, institucionalidad y modernización del Estado.
El desafío que tiene por delante es tan complejo como apasionante: demostrar que un político de ideas también puede convertirse en un líder de mayorías.
Porque al final, las naciones no solo necesitan hombres y mujeres capaces de ganar elecciones; necesitan estadistas capaces de comprender su tiempo, interpretar el porvenir y conducir a su pueblo con inteligencia, integridad y visión de Estado. Allí, precisamente, comienza la verdadera medida de un liderazgo presidencial. –
(El autor es periodista).
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